ARTE: la luz del verano

Imagen tomada de https://es.wikipedia.org
Ya comenzó, oficialmente, la estación de verano para el hemisferio norte. Aunque las temperaturas en Cuba son elevadas todo el año, y más en estos meses, fue el domingo 21 de junio cuando en realidad le dimos la bienvenida a la época de mayor luz y calor.
El solsticio marca el momento en que nos inclinamos al máximo hacia nuestra principal estrella, el Sol, que alcanza entonces su punto más alto en el cielo y da origen al día más largo del año y al inicio de esta temporada que trae noches más cortas y jornadas calurosas. Pero el verano no comienza realmente en los calendarios ni en los observatorios sino cuando cambia la luz.
Este fenómeno lo entendieron los pintores mucho antes que los científicos pudieran medirlo con precisión. Los artistas, con ese ojo tan atento a los detalles se percataron muy pronto de la diferencia, aunque sutil, que existe entre la luz de la primavera y la del verano.
En otro análisis podemos decir que la luz primaveral es recreada como una promesa, un destello incipiente, mientras la luz del verano es una celebración, un impulso que invita al exterior; es todo brillo en exceso.
Lo que sucede es que la claridad estival se proyecta de forma más vertical, con una energía superior. Los poetas dicen que esa luz es más generosa, y los pintores la aprovechan al máximo porque es la fuente que da intensidad a los colores que parecen expandirse.
Si somos críticos podemos advertir que en verano los campos resplandecen, lo mismo sucede en la playa que tanto nos gusta, el agua refleja destellos casi blancos porque funciona como espejo de cara a ese cielo, casi siempre despejado donde está el sol más cerca que nunca. Por tanto, las sombras se acortan y, en la práctica, la vida abandona los interiores para ocupar portales, calles, parques, playas y todo exterior.
Fue esa transformación la que fascinó a los pintores impresionistas del siglo XIX. Mientras generaciones anteriores pintaron tranquilos en sus estudios cerrados, llegó un momento en que el arte y la vida común se cruzaron, y artistas como los franceses Claude Monet (1840-1926) y Pierre-Auguste Renoir (1841-1919) y el nacido danés Camille Pissarro (1830-1903) salieron al aire libre para perseguir esa luz cambiante con cada hora del día.
Son famosas las pinturas de los jardines de Monet, quien intentó recrear el verano como un temblor de reflejos sobre el agua donde flotan nenúfares, su célebre serie-obsesión. Monet nos dejó una inmensa colección de nenúfares coloridos sobre aguas quietas bajo cielos luminosos.
Renoir, en cambio, capturó el verano, digamos, humano. En su obra vemos mesas compartidas, vestidos claros, sombreros de paja, conversaciones bajo árboles que filtran el sol en manchas doradas. Sus cuadros también están llenos de luz y color, transmiten calor, movimiento y alegría, típico de esta época en cualquier latitud.
Por su parte, Pissarro es conocido por pintar paisajes rurales franceses que recrean esa atmósfera veraniega donde predomina la claridad. En muchos de sus cuadros podemos ver campesinos recogiendo sus cosechas bajo el sol abrasador.
El verano también fue inspiración de Vincent van Gogh (Países Bajos, 1853-1890), quien nos dejó campos de trigo encendidos por el sol. Sí, porque el amarillo de su catálogo es penetrante y parece contener la misma potencia de la estación porque en sus paisajes el verano no parece ser apacible sino una fuerza viva que vibra con cada pincelada.
Muchos son los artistas que han pintado la vida durante la estación más calurosa del año, sin embargo, hay uno que destaca por hacerlo de manera magistral, no solo por el manejo de tonos relucientes, sino por los escenarios, casi siempre de playas.
En España, Joaquín Sorolla (1863-1923) convirtió la luz mediterránea en protagonista absoluta de sus cuadros y lo hizo con muchísima intensidad. En sus escenas vemos a niños correteando con sus pieles que resplandecen sal, el mar azul que contrasta con los destellos, y veleros y botes que flotan y se dejan llevar por el viento. Mirar una obra de Sorolla es casi sentir la arena caliente bajo los pies.
Sin dudas la luz que posee el verano despierta motivación. Desde tiempos antiguos, el solsticio fue celebrado como símbolo de abundancia, fertilidad y plenitud. Un dato curioso es que en muchas culturas encendían hogueras para acompañar el día más largo del año y agradecer la luz que hacía crecer las cosechas.
Luego fue, además, inspiración, motivo de algarabía, y en la actualidad sigue recordándonos una verdad sencilla: la vida ocurre afuera. Tal vez por eso los grandes pintores regresaron una y otra vez al verano porque no es solamente una fecha astronómica sino la temporada en que la luz parece tocar el mundo con mayor intensidad y nos invita, a disfrutar del paisaje colorido que nos ofrece.

Imagen tomada de https://historia-arte.com

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