Sólo quedan Brasil y México, por lo pronto
Falta menos de un mes para las elecciones presidenciales brasileñas, y ya Donald Trump arremete en favor de Flavio, el hijo de su socio fascista Jair Bolsonaro, en prisión por intentar un golpe de Estado para eliminar al presidente Luiz Inácio Lula da Silva, y agregar a un gobierno más a su ya larga secuela de gobiernos derechistas en Latinoamérica.
Así el presidente de Estados Unidos presumió ante la prensa variopinta de que está consiguiendo todo lo que quiere y que directa e indirectamente ha impuesto gobernanzas favorables al imperialismo.
“Nuestro continente realmente está resultando muy distinto de lo que era. Han pasado de la izquierda a la derecha. Todos están yendo hacia la derecha”, afirmó ante periodistas en el Despacho Oval de la Casa Blanca.
Trump apuntó que muchos de los países de la región no tenían hace dos años ningún respeto por Estados Unidos, pero aseguró que ahora sí lo tienen y que a Washington le está “yendo muy bien en Suramérica, en Latinoamérica”.
El mandatario puso como ejemplo la reciente llegada al poder en Colombia del ultraderechista Abelardo de la Espriella, quien sucedió al izquierdista Gustavo Petro tras varios años de tensiones entre Bogotá y la Administración estadounidense.
El líder republicano, que respaldó electoralmente a De la Espriella en la segunda vuelta presidencial, se atribuyó parte de la victoria del nuevo presidente colombiano, al asegurar que “no era el favorito” en los comicios.
Trump, que también mantiene una estrecha relación con el presidente argentino, Javier Milei, mencionó además que ayudó a ganar elecciones a “muchas personas” en ese país.
El presidente estadounidense apuntó incluso que mantiene “una buena relación” con Brasil, pese a las tensiones entre su gobierno y el del izquierdista Luiz Inácio Lula da Silva, quien en octubre se enfrentará en las urnas a Flávio Bolsonaro, aliado de Trump.
Brasil, con la presidencia de Lula, y México, con Claudia Sheinbaum, son los principales bastiones de la izquierda en la región, que por otro lado cuenta con varios gobiernos alineados con Trump, como los de Argentina, Chile, Colombia, Ecuador, El Salvador y Perú.
Lo que no se indica es que algunos de estos gobiernos han llegado al poder en forma fraudulenta, con la descarada intromisión estadounidense, siendo Honduras el caso más aberrante y bochornoso.
Con esto ha comenzado oficialmente la batalla comunicacional y geopolítica para conquistar la última pieza del dominó que EE.UU. no ha podido capturar en Suramérica: Brasil, el gigante del sur, un país territorialmente decisivo y con una economía vibrante.
Ahí no se juega cualquier cosa, se define el triunfo de la izquierda y una posible reacción regional frente al giro trazado por EE.UU. bajo el trumpismo, después de que los gobiernos progresistas de Ecuador, Chile, Bolivia y Colombia cedieran paso al segundo ciclo derechista en América Latina, dirigido por un liderazgo más radicalmente conservador que el anterior, evangélico y, fundamentalmente, trumpista.
En este acontecimiento se llevará a cabo una reedición de la batalla que se produjo en el 2022 entre el presidente Luiz Inácio Lula da Silva (del Partido de los Trabajadores o PT) y el bolsonarismo, encarnado entonces por el expresidente Jair Bolsonaro, cuya candidatura es ahora reemplazada por su hijo, el senador Flávio Bolsonaro (Partido Liberal).
Después de los acontecimientos de enero del 2023, cuando el bolsonarismo desconoció el triunfo electoral de Lula y hordas de fanáticos tomaron por asalto las sedes de los poderes públicos en Brasilia, el nivel de extremismo planteado para la actual contienda hace pensar que podrían volverlo a hacer si el resultado no les favorece. Estamos en un Brasil políticamente burbujeante, así que cualquier cosa podría pasar.
Este bolsonarismo se encuentra cada vez más alineado con Washington, un aliado que impone aranceles a las exportaciones brasileñas mientras posiciona sus gobiernos más cercanos en apoyo a Bolsonaro y contra Lula. Un ejemplo es el presidente argentino, Javier Milei, quien viajó a Brasil para respaldarlo con severas críticas al mandatario brasileño y, con esto, abrir un choque diplomático, sin importar que Brasil sea el primer socio comercial de Argentina: la ideología puede más en estos tiempos que la misma economía.
Todos los ojos estarán puestos sobre esta campaña en la que muy probablemente la figura del presidente de EE.UU., Donald Trump, tome iniciativas muy a su estilo, a lo interno del debate electoral brasileño, para seguir apoyando a Flávio Bolsonaro.
CAPTURAR EL CENTRO
Al revisar la trayectoria de los últimos veinticinco años del PT, la estrategia electoral clave para ganar sigue siendo capturar el 'centrão'.
Es en el centro político donde chocan las dos placas tectónicas que alcanzarán más de sesenta millones de votos, cada una, y donde se disputan los sectores moderados y los partidos de la socialdemocracia. Ese espacio político vuelve a ser determinante porque de allí surgen tres o cuatro candidaturas alternativas que marcan, cada una, en torno al 4% de preferencia en los sondeos.
Entre ellas destacan la del exgobernador del estado de Goiás, Ronaldo Caiado (Partido Social Democrático), y la del exgobernador de Minas Gerais, Romeu Zema (NOVO). Estos aspirantes proyectan reunir entre un 8% y un 12% de la votación, entre ambos, fuerza que terminaría decantando la elección en una segunda vuelta. No olvidemos que en el 2022, el candidato con más crecimiento entre las dos vueltas fue Bolsonaro, lo que da cuenta de su capacidad de proyección.
Una resolución en primera vuelta luce descartada. Ante este panorama, Flávio buscó alianzas en el centro para acompañar su fórmula vicepresidencial, pero terminó registrando a su compañero de partido, el exfiscal Alfredo Gaspar, lo cual debilita su desplazamiento político en el mapa electoral brasileño.
En los anteriores comicios presidenciales, la diferencia de votos entre Lula y Bolsonaro fue de menos de 2%. Hablamos de dos grandes fuerzas que llegarán hasta el final disputando cada espacio, con especial atención en los millones de jóvenes que no votaron hace cuatro años. Vista la magnitud de la colisión, las campañas apuntarán a movilizar hacia la recta final al centro político, a los indecisos y a los nuevos votantes.
Lula comenzó su campaña de forma más o menos bucólica, con una impronta popular, evocando sus orígenes para conectar con su base sólida. Planteó una retórica nacionalista dirigida abiertamente contra Trump, confiando en que el electorado brasileño rechazará los intentos de intervención y los chantajes arancelarios de Washington. Para Lula, demostrar que la soberanía reporta beneficios concretos es su principal punto a favor. Si ese discurso pierde fuerza, la oposición volverá a tomar un papel preponderante, tal como ocurrió en el 2018, cuando el bolsonarismo venció a Fernando Haddad, antes de la posterior victoria de Lula en el 2022.
Pero no se debe olvidar que Lula fue injustamente preso por la ultraderecha para que no pudiera aspirar y dejarle el camino libre a Bolsonaro.
Como tampoco se debe pasar por alto que si la contienda fue apretada fue por el logro de la mujer de Jair, quien movilizó a más de 1 200 pastores evangélicos ara hacer creer a millones de campesinos analfabetos que si triunfaba Lula, serían eliminados los lugares de culto. Pero Lula se impuso apretadamente al final.
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