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ESTRENO DE DANZA: Rosario Cárdenas regresa a Belkis Ayón

El título da claves fundamentales: Siempre vuelvo: visitaciones a Belkis Ayón se articula como un sistema de regresos, de visitas recurrentes a uno de los cuerpos pictóricos más interesantes y complejos del arte cubano de finales del siglo pasado. Rosario Cárdenas no ha intentado reproducir ese legado ni traducirlo de manera literal al lenguaje del movimiento; su apuesta es más riesgosa y fecunda: rendirle homenaje desde el diálogo, la interpretación y las tensiones que se generan entre dos universos creativos poderosos, marcados por el misterio, la simbología y la densidad conceptual.

Relativamente fácil hubiera sido seguir la pauta plástica, reproducir iconografías o trasladar al escenario la atmósfera visual de la obra de Ayón. Sin embargo, la coreógrafa opta por articular un discurso propio que intenta solventar acertijos y proponer posibles caminos a partir de esa propuesta enigmática. No hay ilustración ni subordinación, sino una voluntad de lectura coreográfica que se expone al riesgo y que asume la ambigüedad como parte esencial del proceso creativo.

Como ya es tradición en su poética, Rosario rehúye una narración aristotélica cerrada y lineal para articular escenas de cierta autonomía, que se suceden a la manera de una experiencia onírica. Hay enjundia e imaginación, una intensidad que se resuelve con eficacia en las peripecias del movimiento y que instaura atmósferas convincentes. Se reta al espectador, se evita en buena medida lo previsible. Aquí se demanda una recepción activa, dispuesta a completar sentidos más que a consumir certezas.

La capacidad para hacer confluir armoniosamente numerosos registros de la danza escénica contribuye también a la eficacia del planteamiento. Desde el homenaje a la raíz africana de la cultura cubana hasta reminiscencias clásicas, el espectáculo transita por dinámicas que equilibran gesto y pauta danzaria. Algo arriesgado resulta el tránsito hacia la última escena, en la que se experimenta un cambio de registro hacia una clave más popular; más allá de su evidente espectacularidad, ese cierre parece funcionar más como añadido que como parte consustancial del entramado dramatúrgico previamente construido.

Se trata, en todo caso, de una propuesta integradora, en la que cada componente dialoga con coherencia. El diseño musical y la interpretación en vivo de Iván Lejardi, los diseños de vestuario de Cristiane Krämer, las imágenes de Juan Caunedo, así como las luces y la escenografía de Yaimé Rodríguez, tributan ejemplarmente a la complejidad y el pulso de la puesta, que contó además con la asesoría y contribución de dos maestros indiscutibles: Raquel Carrió y Juan Piñera. 

Merece un reconocimiento especial el compromiso de los bailarines: aunque las capacidades técnicas y expresivas sean desiguales, el impulso que los anima salva diferencias y permite encarnar con suficiencia y entusiasmo la confluencia concluyente de dos universos creativos tan ricos como los de Belkis Ayón y Rosario Cárdenas. Ojalá podamos ver otra vez en escena esta obra: siempre conviene volver a las creaciones de Rosario Cárdenas. Queda tinta en el tintero.