
Cada diciembre en buena parte del mundo, millones de centros comerciales, espacios públicas y hogares se llenan de luces parpadeantes, adornos… y, en el centro de los brillos: el arbolito de navidad, usualmente un abeto.
Este árbol, natural o artificial, es uno de los símbolos más universales de la Navidad. Pero su presencia, tan normalizada, esconde una profunda historia cultural, mítica, ecológica, así como un desafío contemporáneo que igual merece salir a la luz junto a tanto resplandor.

Foto: tomada de abc.es
Aún sin pretender “aguar la fiesta” vale preguntarse qué significa hoy mantener viva esta tradición en un mundo que enfrenta una crisis ambiental sin precedentes.
La costumbre de decorar un árbol invernal no nació con el cristianismo. Mucho antes, los pueblos germánicos y nórdicos celebraban el solsticio de invierno adornando con ramas verdes sus hogares como un llamado a la vida en plena oscuridad. El “árbol eterno”, resistente al frío y a la muerte del paisaje, simbolizaba la esperanza del retorno del sol.

Los árboles de hoja perenne como los abetos, mantienen sus hojas vivas y verdes aun en medio del invierno. Foto: Envato Elements.
Con la expansión del cristianismo en Europa, esta práctica fue reinterpretada: el abeto pasó a ser “árbol de la luz”, asociado a la natividad, a la vida eterna y a la renovación espiritual.

Momento en que el abeto de Navidad del Vaticano, de 27 metros de alto, llegó a fines del mes pasado a la Plaza de San Pedro desde el norte de Italia. Foto: tomada de iglesianoticias.com
El abeto es el protagónico de la Navidad porque en Europa central, donde nace la tradición, era lo único verde cuando toda la naturaleza parecía muerta. También ha sido tradicionalmente el elegido por su forma cónica y armoniosa que se ha identificado como símbolo del eje del mundo, de los ascendente hacia lo divino y de unión entre tierra y cielo.
A ello se agrega un motivo más terrenal: porque era abundante en los bosques alpinos y germánicos, un árbol accesible y fácil de cortar, transportar y decorar.
El salto hacia la Navidad moderna llegó en el siglo XVI, en la región que hoy es Alemania. Allí se consolidó la costumbre de decorar un abeto natural completo y colocarlo dentro del hogar, tradición que siglos más tarde las migraciones europeas llevarían a América.
Hoy, desde Oslo hasta Ciudad de México, desde La Habana hasta Buenos Aires, el árbol navideño es un símbolo compartido, aunque sus implicaciones ambientales y las respuestas sociales ante ellas varían notablemente.

Foto: tomada de lanacion.com.ar
Más que arbolitos naturales o artificiales
La pregunta de si es peor para el planeta emplear en las decoraciones un árbol natural o uno artificial, es solo la punta de un gran iceberg, el asunto es cómo consumimos y golpeamos a la naturaleza en Navidad.
Los abetos naturales suelen provenir de plantaciones reguladas. No equivalen a la tala de bosques primarios como muchos creen: son cultivos comerciales rotativos, donde por cada árbol cortado se plantan varios nuevos. Estos cultivos, además, capturan carbono, conservan suelos y mantienen la biodiversidad local, aunque requieran agua, fertilizantes y transporte.

Cultivo de abetos para decoraciones de Navidad. Foto: tomada de es.123rf.com
Por su parte, los árboles artificiales no requieren de suelo ni tala, pero están hechos mayoritariamente de PVC y metales, y su huella ambiental es alta. Expertos coinciden en que solo compensan su impacto si se usaran por al menos 10 o 12 años.
El problema real aparece al desecharlos: no se reciclan fácilmente y permanecen en el ambiente durante siglos.
Así, no hay una respuesta categórica ante la encrucijada de si usar un arbolito de navidad natural o artificial. Depende de cómo se emplea, de cómo se reutiliza o desecha. Ese “cómo” es justamente lo que convierte al abeto navideño en una ventana para asomarse a la relación actual entre cultura, consumo y planeta.
En América Latina y el Caribe, el árbol de Navidad tiene una historia propia. En grandes ciudades, los abetos naturales son menos comunes por razones logísticas y climáticas. Predominan los artificiales, aunque algunos países como México, Chile y Brasil cuentan con el cultivo de pinos para ese fin.
En el Caribe insular, donde no crecen abetos, las soluciones han sido incluso más creativas: árboles hechos de plantas locales, estructuras metálicas, madera reciclada o incluso peces luminosos en Navidad como en algunas regiones costeras.

Foto: tomada de cdtechnologia.net
Y no son solo ejemplos anecdóticos, muestran cómo las culturas adaptan la tradición sin romper su sentido simbólico. Aunque claro que también reflejan desigualdades económicas que influyen en el acceso a opciones más sostenibles. La sostenibilidad, una vez más, está marcada por la realidad social.
Otros motivos junto a las guirnaldas
El verdadero debate no es entre natural o artificial, sino entre consumo responsable o irreflexivo. El abeto, ese símbolo milenario que nació celebrando la vida— se ha convertido en un termómetro del impacto ambiental de la Navidad.
La época más luminosa y emocional del año es también el período de mayor generación de residuos plásticos, mayor gasto energético y mayor compra de artículos de un solo uso.
El árbol es solo el punto de partida para mirar este fenómeno de frente donde coexisten la crisis climática, el agotamiento ecológico y un consumo desmedido que se incrementa en esta etapa del año por buena parte de los habitantes del orbe.

Un árbol de navidad puede durar años, pero no pocos lo tiran cada año a la basura. Foto: tomada de elmundotoday.com
De ahí que hacer sostenible la Navidad no significa renunciar a la belleza de sus tradiciones, sino comprenderlas mejor. El abeto, o arbolito como aquí le llamamos, natural, artificial o reinventado con materiales locales, puede seguir siendo un símbolo de esperanza, también de cara a una relación más responsable con el planeta que nos sostiene.
Sin dudas, hoy en Cuba los dilemas y las preocupaciones andan bien distantes de si echar mano a un arbolito natural o artificial. Otras urgencias de mayor calibre centran esfuerzos, atenciones y también angustias para la inmensa mayoría.
Pero esta Isla no deja de formar parte del planeta y permanecer de espaldas a esas urgencias planetarias sería un egoísmo que, de todas formas, nos pasaría la cuenta.
Porque la lección que el abeto navideño ofrece hoy a nivel global es la misma que inspiró a quienes lo utilizaron por primera vez miles de años atrás: defender y aupar la vida en un tiempo de oscuridad.