
Somos esclavos del tiempo. La rutina y las responsabilidades nos absorben, y también el tedio y el uso que le damos a nuestras horas y días. De repente decimos que las jornadas son todas iguales: de la casa al trabajo y del trabajo a la casa. Y con esa languidez interior asumimos que la vida se nos pinta medio gris muchas veces porque nos falta el incentivo o estamos cansados y nos quedamos con sensación de vacío.
Tendemos a generalizar cuando en realidad no siempre es así, y cuando en ocasiones hacemos el balance nos preguntamos qué estamos haciendo mal y por qué vivimos esta vida absortos de un día tras otro sin motivación. Es verdad que trabajar esa motivación es difícil, mantenerla e incentivarla es complicado porque se desinfla por cualquier razón, pero peor es vivir con el ánimo caído, sentir que pasan, por pasar, las semanas, los meses y los años.
Si nos sentimos así es que esperamos más, pero nada cae del cielo. Si creemos que vivimos por vivir, porque simplemente seguimos respirando, que no tenemos objetivos, eso es falso, debemos ponerle empeño a ese pensamiento. Siempre habrá metas, proyectos, belleza que admirar. Pensemos que muchas veces lo menos rimbombante tiene una fuerza silenciosa, y si creemos que vivimos tiempos de mala calidad, deberíamos analizar qué es lo que estamos haciendo con él.
No todo puede ser obligación laboral y hogareña, y aunque, ciertamente, somos seres sociales y debemos trabajar para vivir y atender asuntos de familia y casa, no todo puede resumirse a eso. Como tampoco es sano que todo sea ocio y que se pierdan horas, como aquellos que no se despegan de sus teléfonos móviles y nada productivo hacen, al igual que los otros que pasan eternidades sentados en las esquinas de sus barrios. Eso sí es tiempo perdido. El equilibrio es la mejor propuesta, y conviene ser exigente, pero tampoco fantasear demasiado.
Lo recomendable sería poder encontrar estímulo en lo que tenemos, de manera repartida, y, por supuesto, ocuparnos por también entretenernos, disfrutar de un pasatiempo, del sosiego porque el ajetreo constante agobia y llega a anestesiar las emociones.
El tiempo no regresa, y cuando tenemos una edad asumimos la percepción de que se va volando. La sociedad nos exige que seamos funcionales, pero no desperdiciemos —me lo repito a mí misma— un minuto quejándonos de que no alcanza, que nos gana el hastío, el sinsabor. Propongámonos metas, hagamos también lo que nos guste y esté a nuestro alcance, observemos a nuestro alrededor y con seguridad siempre encontraremos qué hacer de valor.
Empleemos tiempo en ser productivos a nivel personal, en asuntos que ofrezcan ilusión y bienestar; gestionemos la vida entre compromisos y descanso; no permitamos que nos alcance el agotamiento sin logro; controlemos la agenda en lo posible y no procrastinemos en lo que pueda generar beneficio; impongámonos salir de la rutina de lo urgente. Ya sé que es muy fácil la quietud, pero, precisamente eso es igual a perder el tiempo. Decidamos de manera consciente cómo queremos vivir nuestros días, no respiremos en piloto automático.