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Publicado en Cuba Si (http://www.cubasi.cu)


Ruta ADN Cuba, un viaje a nuestras raíces

«¿Quiénes somos? ¿Y cómo llegamos hasta aquí? Este es un viaje a nuestras raíces, aquí buscaremos conocer sobre nuestro pasado a través del ADN, un testigo singular de la historia que está presente en cada una de las células de nuestro cuerpo…» 

Así se presenta Ruta ADN Cuba, la serie documental de seis largometrajes que explora nuestra identidad, nuestras raíces y herencia genética, a través de la historia y la memoria personal de seis cubanos; un encuentro increíble entre el arte y la ciencia que el talentoso realizador Alejandro Gil convirtió en cine. 

A propósito, declaró el director de filmes como Inocencia y La emboscada: «A mí, realmente, los seis capítulos me gustan mucho, no tengo preferencia por algunos. Lo digo públicamente, porque se logró algo que es una unidad expresiva y narrativa donde resulta interesante ver cómo la ciencia se involucra con una narrativa artística también y le va sumando una comprensión y estimula al espectador a crear un diálogo con lo que está ocurriendo, porque realmente este estudio del ADN resulta una cosa novedosa, es algo casi de ciencia-ficción lo que puede lograrse con el estudio».

La serie parte de una investigación científica llevada a cabo por la Doctora en Ciencias Beatriz Marcheco, e incluye al actor Osvaldo Doimeadiós, al cantautor Silvio Rodríguez, la voleibolista Mireya Luis, el artista de la plástica Roberto Diago, el antropólogo Nelson Aboy y la investigadora Zuleica Romay.


Capítulo con Osvaldo Doimeadiós

«Cada personaje es una experiencia muy distinta», expresó Alejandro Gil, y agregó que «ver el documental en pantalla grande realmente resulta impactante. Ver cómo la fotografía, la imagen, se siente en el cine y crea una dimensión y una expectativa en mí sabiendo por dónde va el documental, cuál es su curso. Ver cómo las imágenes se rompen en la pantalla grande y empiezan a dialogar de una manera muy interesante con el espectador… Eso lo sentí en el público, que es el destinatario más importante, el que te califica realmente».

Luego de dos entregas, Gil está seguro de que el público encontrará en cada estreno de jueves ideas y sensaciones diferentes, «porque tienen derroteros y situaciones muy distintas, muy particulares. Tuvimos que enfrentarnos a problemas y apreciar y querer también todas las oportunidades que nos dio cada uno de los capítulos y cada uno de los personajes».

La protagonista del capítulo estrenado más recientemente, Zuleica Romay, expresó: «me siento premiada realmente de participar en el proyecto. Yo recuerdo que cuando conocí a Beatriz habíamos presentado el libro de Henry Gates donde él entrevista, sigue y reconstruye la historia genética de grandes figuras del deporte, la ciencia y la cultura estadounidenses, todos negros. Ese libro se traduce en Cuba y se publica con el título En busca de nuestras raíces, y Beatriz y yo nos conocimos en el Sábado del Libro donde se presentó.

«Conversando posteriormente de aquella experiencia, ella, que es una mujer muy audaz, me dijo: yo creo que ayudaría mucho a la comprensión de lo que somos que hiciéramos algo así en Cuba. Nos quedamos mirando en silencio y casi que dijimos a la vez: pero con cubanos de todos los matices de piel, a diferencia de los estadounidenses, que eran todos negros y que, en virtud de la problemática que ellos tienen, sentían la necesidad de demostrar que esa negritud, al final, es la cubierta de una gran mezcla, de lo que somos los seres humanos, mestizos de incontables cruzamientos, como decía Fernando Ortiz. 

«Así empezó el proyecto, con veintitantas personas de diferentes ámbitos de la actividad social en Cuba, y yo era una de ellas, por tanto, no me podía imaginar que iba finalmente a implicarme en el proyecto cinematográfico que era el sueño de Beatriz, pero que lo veíamos como algo muy lejano».

Sobre el momento en que su historia llega al cine, contó Zuleica: «Cuando Beatriz me pone en contacto con Alejandro, yo estaba haciendo mi propia investigación sobre una bisabuela que nació en un barracón de esclavizados y que, por aquellas leyes de las autoridades españolas que les daban todas las ventajas a los terratenientes y a los esclavistas, probablemente vivió durante su niñez en el mismo lugar donde sus padres fueron obligados a servir, y posiblemente la trataron también como si fuera una esclavizada. Esa historia que yo conocí en mi adolescencia me marcó profundamente, pero durante muchos años era como un germen, algo que iba creciendo sin que yo fuera plenamente consciente, hasta que, ya siendo una persona bastante adulta y con ciertas habilidades investigativas, me dispuse a seguirle la huella a mi bisabuela hasta el pueblecito donde existió aquel ingenio y aquel barracón de esclavizados, y en el momento en que estoy en eso es que conozco a Alejandro. Creo que también tuve mucha suerte de que nos conociéramos en ese momento». 


Capítulo con Zuleica Romay

En un rodaje donde cada personaje está exponiendo quién es, su origen, conseguir un ambiente cómodo y minimizar la presión de estar frente a cámara, resultaba imprescindible para Alejandro Gil: «en este tipo de trabajo, la espontaneidad y el olfato es lo que te lleva a ubicar las cámaras, porque tú no sabes qué es lo que va a ocurrir; incluso Zuleica pudiera tener un bagaje de lo que realmente tiene en su capítulo, pero también está esa otra parte en la que ella se sorprende dentro del propio audiovisual, y nosotros somos pioneros del asunto; quiere decir que nosotros teníamos dos cámaras tratando de cazar esos momentos que resultan de mucha espontaneidad. Tú no sabes cuándo puede venir una emoción, una duda… y así pasa con todos los capítulos. En la medida en que vas echando hacia atrás en tu imaginario, en tus recuerdos familiares, y la doctora o tu propia experiencia personal te van llevando a lugares, la cámara tiene que estar ahí, pero lo importante es —y lo repetiré— que la cámara es como un fantasma, está allí y ellos no miran a cámara».

Destacó el alto nivel de complejidad que implica rodar en espacios que no son los ideales para eso: «barrios muy bulliciosos, por ejemplo, pero había que trabajar ahí. No podíamos hacer una puesta en escena edulcorada, trabajamos en los lugares donde vivían los protagonistas y los movimientos exteriores estaban en función de la dramaturgia posible, no esquematizada, es decir, la misma vida del documental, de lo que iba retratando la cámara, de esa vivencia nuestra, es lo que se iba convirtiendo posteriormente en la visualidad del documental y del capítulo.

«Fue un proceso interesante, que te exige mucho tener conciencia de lo que estás haciendo porque no hay toma dos: lo que retrata una cámara, si lo retrata bien, si no lo retrata bien, y tienes que armonizar tu criterio estético con respecto a lo que está ocurriendo en la parte más objetiva, que es la conversación entre la doctora y el protagonista del capítulo».