
Cada 17 de mayo, se celebra el Día Internacional del Internet, luego de que el 25 de octubre de 2005, durante la Cumbre de la Sociedad de la Información celebrada en Túnez, se solicitara a la ONU un día especial de recordación.
Con el objetivo de concientizar acerca del correcto uso de la red. Esta fecha conmemora también las oportunidades y beneficios de una sociedad, entre ellos, el acceso a la información, la investigación y el trabajo.
La Organización de las Naciones Unidas (ONU) establece que se trata de underecho humano fundamental, que no debe sufrir restricciones. ¿Pero esto en realidad se cumple?
América Latina ha experimentado un crecimiento sostenido en el acceso a internet durante la última década. Según datos de la CEPAL y la Unión Internacional de Telecomunicaciones, más del 70% de la población latinoamericana tiene hoy algún tipo de acceso a internet. Sin embargo, las cifras esconden profundas desigualdades entre países, regiones y sectores sociales.
Países como Chile, Uruguay, Argentina y Costa Rica lideran en niveles de conectividad, con acceso superior al 85%. En contraste, zonas rurales y comunidades indígenas de países como Bolivia, Guatemala o Nicaragua aún enfrentan limitaciones serias de infraestructura, costos elevados y baja calidad de servicio.
Por tanto, si bien es en derecho, aún quedan varios elementos por garantizar para que en realidad sea un derecho y no un privilegio.
El internet y su hegemonía cultural
Desde su expansión global, internet ha sido considerado una de las herramientas más poderosas para democratizar el acceso al conocimiento y la cultura, pero también para garantizar que las riquezas se concentren en unos cuantos.
Su uso masivo también ha reforzado desigualdades, estandarizado contenidos y consolidado hegemonías culturales globales, especialmente del norte global.
En plataformas como YouTube, Spotify o redes sociales, artistas, creadores y comunidades tradicionalmente excluidas pueden difundir sus producciones sin necesidad de grandes intermediarios.
Es así como manifestaciones culturales indígenas, afrodescendientes o rurales han encontrado nuevos públicos y narrativas que desafían el monopolio de los grandes medios tradicionales.
La interconectividad ha impulsado la traducción y circulación de obras literarias, investigaciones y películas que, de otro modo, invisibles para públicos internacionales.
Esta apertura también ha favorecido el surgimiento de movimientos globales con perspectiva decolonial, antirracista o feminista, permitiendo la articulación entre culturas y luchas diversas.
Sin embargo, no hay que quedarse solo con esta ilusión.
Las grandes plataformas digitales, Google, Meta, Amazon, Netflix, controlan la circulación de contenidos mediante algoritmos que privilegian lo más rentable o popular. Esto tiende a favorecer el idioma inglés, las estéticas dominantes y los productos culturales de las grandes industrias del entretenimiento, como Hollywood o la música pop estadounidense.
Esta dinámica no solo limita la diversidad real de contenidos accesibles, sino que impone una lógica de consumo rápido, homogeniza imaginarios y debilita las culturas locales. En muchos casos, el internet replica viejos mecanismos coloniales de apropiación cultural, desinformación o invisibilización de narrativas alternativas.
Un internet para la cultura alternativa
Lejos de ser solo un canal de entretenimiento o consumo, internet se ha consolidado como una herramienta estratégica para la difusión de propuestas culturales alternativas.
Colectivos artísticos, movimientos sociales, comunidades indígenas, afrodescendientes, feministas y disidencias sexuales han encontrado en la red un espacio para amplificar sus voces, conectar experiencias y romper con las lógicas centralizadas del circuito cultural tradicional.
Uno de los beneficios centrales del entorno digital es la posibilidad de crear y compartir contenidos sin necesidad de grandes presupuestos ni validación de las industrias culturales.
Plataformas como YouTube, Instagram, TikTok, Bandcamp o blogs personales permiten que cualquier persona, desde cualquier territorio, pueda compartir poesía, música, danza, saberes ancestrales o producciones audiovisuales sin pasar por los filtros del mercado.
La red ha permitido que lenguas originarias, formas de narrar no hegemónicas, tradiciones orales y conocimientos comunitarios circulen más allá de sus fronteras.
Espacios de formación, archivos digitales, festivales en línea y proyectos de memoria han surgido en múltiples regiones para resguardar y compartir el acervo cultural alternativo, muchas veces amenazado por la globalización cultural homogénea.
Dismiles artistas han impulsado el trabajo colaborativo: artistas visuales, músicos y escritores de distintos países pueden crear obras colectivas, organizar encuentros virtuales o compartir recursos para fortalecer sus proyectos.
Lo más importante del internet es quién y cómo lo usa
El internet ha permitido que millones de personas accedan a noticias y datos que antes estaban restringidos a pocos medios tradicionales. Este acceso masivo favorece la pluralidad informativa, estimula el pensamiento crítico y permite contrastar versiones.
El surgimiento de medios independientes, el periodismo ciudadano y las redes sociales ha dado voz a actores que antes eran silenciados, generando nuevas agendas informativas. ¿Pero los usuarios confirman lo que leen?
Uno de los principales problemas de internet es la velocidad con la que circula la información, muchas veces sin verificación ni contexto. Esto ha permitido que rumores, datos erróneos o campañas organizadas de desinformación se expandan con facilidad, generando confusión, polarización e incluso violencia.
Las plataformas digitales, además, operan mediante algoritmos que priorizan lo viral, no lo verdadero. Así, el contenido emocional, escandaloso o falso suele tener más visibilidad que el análisis riguroso o la información comprobada.
A esto se suma el fenómeno de los bots y granjas de contenido, que influyen artificialmente en la opinión pública y pueden intervenir en procesos electorales, generar odio o sembrar desconfianza hacia la ciencia y las instituciones.
Por ello, uno de los grandes desafíos es fortalecer la educación mediática y digital, especialmente en jóvenes y adultos mayores. Saber distinguir fuentes confiables, identificar sesgos, verificar datos y entender cómo funcionan los algoritmos es clave para enfrentar la era de la posverdad.
Internet, a pesar de sus limitaciones y riesgos, ofrece un terreno fértil para el florecimiento de las culturas alternativas. Su poder no radica solo en la tecnología, sino en la creatividad, la organización y la voluntad de quienes lo habitan para transformar la cultura en un territorio más libre, plural y justo.