
«La historia, la cultura y la identidad cubanas están estrechamente ligadas a la cultura azucarera, porque, realmente, mientras más uno lee, investiga los orígenes de cada cosa, se percata de que, en Cuba, prácticamente nada está desvinculado del azúcar», sentencia, sin temor a equivocarse, Leobel Pérez, presidente de la Comisión de Patrimonio Azucarero en la empresa Azcuba.
Escuchándolo, me viene a la mente una leyenda: el narrador deportivo Bobby Salamanca, quien, en el lugar de strikes, cantaba ¡azúcar!, o aquel estribillo que seguramente usted ha tarareado: «melao de caña, rica su dulzura», pero Leobel tiene otros muchos ejemplos que vinculan el azúcar a nuestra cultura popular.
Como Carmelina
«Cuando vemos a una persona que vive muy bien o que está vacilando, disfrutando la vida, decimos que "vive como Carmelina", pues está registrado que Carmelina era la nieta preferida de José Arrechabala. Se dice que fue una joven cardenense muy bonita, inteligente, de la alta sociedad, que caía bien en el pueblo, era una gente querida y, además, poseía una riqueza inmensa, usaba los mejores vestidos de la época, los mejores coches, tenía una casa en el campo y una en la ciudad, y tantos lujos sin trabajar, porque todo venía de la fortuna del abuelo».
Donde chifló el mono
«Cuando hace mucho frío, usamos la frase "chifló el mono". Esta tiene su origen en el batey Macagua, en el municipio de Cifuentes, en Villa Clara. Desde el siglo XIX, las hijas del dueño del ingenio eran aficionadas a los primates y los criaban en una jaula que estaba frente a la casa, en el parque del batey y frente al ingenio. Las zonas azucareras, generalmente, son muy frías, porque es una condición para la maduración de la caña, y cuentan que cuando bajaban mucho las temperaturas, las mascotas chillaban y la gente decía que había chiflado el mono. Eso se quedó hasta hoy en el imaginario popular y, 22 años después de que se desactivara el central de Macagua, luego llamado Braulio Coronado, allí se conserva la tradición de tener un mono en el parque del batey».
Hasta el médico chino
«"No te salva ni el médico chino", otra expresión popular relacionada con caña. Alrededor de cien mil chinos fueron traídos aquí como braceros de la industria azucarera, en condiciones semiesclavas, entre 1863 y 1874. Uno de ellos era Cham Bom Biá (Chang Pon Piang), que se hizo famoso porque curaba con brebajes, con plantas medicinales, y vivió fundamentalmente aquí en La Habana y en Cárdenas, provincia de Matanzas».
Arte con azúcar
Como estudioso y enamorado del acervo cultural vinculado a la caña, Leobel señala que «a veces, se hacen eventos de música, de danza, y no se menciona el azúcar. Nos olvidamos de que, por ejemplo, la rumba nació en los bateyes azucareros y surgió a partir de la mezcla entre los africanos esclavizados y los europeos, pero también chinos, yucatecos, todo ese mestizaje se da en el batey.
«Los Van Van, la orquesta de música popular bailable más famosa de Cuba, surge en medio de la zafra del 70, y de ahí el nombre, porque el lema era "De que van, van", y entonces ellos se montaron en ese coche. Está en la poesía, en la literatura, está en grandes obras como Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar y en todas las investigaciones de Fernando Ortiz. Las primeras obras literarias importantes de Cuba están marcadas por el tema azucarero; es el caso, por ejemplo, de Cecilia Valdés.
«En la plástica, está La Jungla, de Wifredo Lam, que es una plantación de caña. Lam era de Sagua la Grande, Villa Clara, uno de los municipios más azucareros de Cuba en la época en que nació y se desarrolló este artista. En Cuba no hay grandes bosques, entonces, para Wifredo Lam, su jungla, su bosque, era un cañaveral, y allí él trata de reflejar los elementos fundamentales de la cubanía, que están relacionados con el mestizaje, la religiosidad, las creencias campesinas que tienen que ver con lo místico...»
Azúcar en vena
Pero Lam no es la única personalidad de la cultura cubana que lleva la tradición azucarera en las venas y en el corazón. Leobel puede enumerar varios de memoria:
«Reynaldo González, Premio Nacional de Literatura, fue administrador del central Stewart, renombrado como Venezuela. Tenemos a Enrique Pineda Barnet, cineasta, guionista, poeta, uno de los artistas más versátiles de Cuba: al principio de la Revolución, el Che lo mandó como administrador del central España Republicana en Perico, Matanzas. Está el caso de Pablo Armando Fernández: trabajó en las oficinas de los norteamericanos del ingenio Delicias, después central Antonio Guiteras, en Puerto Padre, pues su familia estaba vinculada a ese negocio.
«Benny Moré fue machetero y luego operador, que nadie lo conoce como tal, pero fue azucarero antes de ser el gran músico en que se convirtió. Barbarito Diez, la voz de oro de Cuba, nació en Bolondrón, en un ingenio azucarero, y se desarrolló después profesionalmente allá en Manatí, donde es un dios, una personalidad del municipio, del central Argelia Libre. Su papá fue mecánico de central y él heredó ese oficio, es lo que hacía hasta que pasó a dedicarse completamente a la música.
«Polo Montañés fue obrero agrícola de una CPA (Cooperativa de Producción Agropecuaria) cañera de San Cristóbal, del central José Martí, y en la zafra del 70 se movilizó como machetero en el central Uruguay, en Jatibonico. Los padres de la artista de la plástica Zaida del Río eran trabajadores cañeros del batey de Guadalupe, entre los municipios de Camajuaní y Remedios, al norte de Villa Clara. Cándido Fabré es hijo de un carretero azucarero cubano...»
Primicias a golpe de caña
«Una de las primeras transmisiones de radio en Cuba se hizo en el batey del central Melanio Hernández, antiguo Tuinucú, en Sancti Spíritus, por un ingeniero famosísimo norteamericano, Frank Jones, que vino a trabajar al ingenio y era aficionado a la radio.
«Tuvimos el primer cable submarino entre Europa y América, incluso primero que en los Estados Unidos, porque la bolsa de Londres era la que marcaba el precio del azúcar, y como Cuba era la gran productora de azúcar del mundo, se necesitaba saber, diariamente, cómo marchaba la producción».
Así que ya usted sabe: cuando «la caña se pone a tres trozos», hay que reconocer que sí, efectivamente, el ajiaco de Cuba lleva su puntico de azúcar.