
Mucha alharaca, pero poca información verídica en torno a los motines carcelarios que estremecieron recientemente a Ecuador, como también a los menos publicitados en Colombia y hace algunos meses a Brasil, el Salvador y Guatemala.
Se dice que la situación ecuatoriana surgió como una lucha de pandillas, pero ello fue principalmente en una de las cárceles, mientras que en las otras tres fueron frecuentes la represión policial con armas de fuego real.
Los muertos, heridos y mutilados son decenas, con cadáveres quemados y esparcidos por doquier, producto de una violencia que se exacerba en las cárceles con el hacinamiento, la pobre alimentación y la mala atención sanitaria en esta época de la COVID-19.
Es imposible rehabilitar vidas, cuando se violenta sistemáticamente los derechos humanos, además de que las cárceles no están diseñadas para ello.
En el papel se habla de programas de yoga y meditación en las cárceles, porque promueven la salud, el desarrollo de la personalidad, mejoran la conducta y reducen la incidencia; así como de clases de computación, pero no hay espacios físicos ni recursos, laterales. Se vive con tal sobrepoblación que los reclusos no alcanzan ni a comer en ocasiones.
Por el contrario, se les abusa, se les obliga desde ahí en participar en operaciones delictivas al mando de grupos criminales que, incluso, están apoyados por funcionarios del gobierno. Las órdenes de secuestro salen desde las cárceles por mandato de personas que cuentan con todos los recursos para delinquir desde la impunidad.
Ello ha ocurrido frecuentemente en México, donde el hampa ha penetrado en todo tipo de comunidad, independientemente de que el actual gobierno esté haciendo esfuerzos para evitarlo, con programas para los jóvenes que no existen o no se ejecutan en los países primeramente mencionados.
Los programas de salud mental, la salud cognitiva y la conducta, la atención médica en general son carentes en los correccionales, que, en el caso de El Salvador, con toda esa historia sobre los “maras”, requeriría un amplio espacio para explicarlo.
Uno de los errores frecuentes es de tratar a los jóvenes -como sucede en Guatemala- con el mismo trato que reciben los de edad adulta, y así, se le destruye la vida por completo. Los programas de rehabilitación sólo funcionan en el papel, no incluyen programas para drogadictos y mucho menos se trabaja en cada droga específica.
En las cárceles guatemaltecas, con capacidad para 6 492 personas, hay más del triple, según cifras de Naciones Unidas, de las cuales cada la mitad están en detención preventiva.
Por eso no es nada extraño que ocurran estos motines sangrientos, que la policía deje que los presos se maten entre sí, para luego comenzar una represión que pudiera ser anárquica, pero a veces se dirige hacia ciertos elementos que le son molestos a sus jefes.
El panorama es poco alentador, sin un sistema que se enfoque en el desarrollo integrador de los sectores más golpeados, con lo cual no es nada ocioso decir que a esos jóvenes sean la carne de cañón que sirve para enriquecer aún más a quienes ordenas desde el gobierno y la oligarquía.