Smithsonian y Trump: quién controla la historia y la cultura en EE.UU.
especiales

Trump impulsa un giro ideológico sobre el Smithsonian y los museos, buscando imponer una visión nacionalista de la historia y la cultura en EE.UU.
¿Quién decide qué es cultura en Estados Unidos? ¿Debe un museo incomodar al poder? ¿Puede la historia oficial reescribirse por decreto? Estas son algunas de las preguntas que atraviesan el artículo “El ataque de Trump al Smithsonian: ‘El objetivo es replantear toda la cultura de Estados Unidos’”, publicado por The Guardian el 8 de enero de 2026 y firmado por la periodista cultural Charlotte Higgins.
Trump y el Smithsonian en la guerra cultural
El texto analiza cómo, en su segundo mandato, el presidente Donald Trump ha convertido la cultura en un frente central de su proyecto político.
Lejos de concebirla como un espacio plural de reflexión y debate, el reportaje muestra que Trump entiende la cultura como un instrumento ideológico destinado a reforzar una narrativa nacionalista, triunfalista y excluyente. Museos, universidades y centros artísticos pasan a ser vistos como territorios a disciplinar dentro de la llamada “guerra cultural”, con el objetivo explícito de erradicar lo que el mandatario define como pensamiento “woke”.
El caso de Kim Sajet, directora de la Galería Nacional de Retratos del Instituto Smithsonian, funciona como ejemplo emblemático. Trump anunció públicamente su despido en redes sociales, pese a no tener autoridad legal para hacerlo, acusándola de promover políticas de diversidad e inclusión.
Aunque el Smithsonian resistió formalmente la presión, Sajet terminó renunciando, dejando en evidencia el impacto de la intimidación política y la amenaza de recortes presupuestarios.
Según el artículo, este episodio se inscribe en una estrategia más amplia: redefinir el relato histórico estadounidense. La orden ejecutiva “Restaurando la Verdad y la Cordura en la Historia Estadounidense” impulsa una revisión de contenidos museísticos para privilegiar una visión positiva del pasado nacional, minimizando aspectos como la esclavitud, el racismo estructural o las luchas de minorías. La cultura, bajo esta lógica, deja de cuestionar y pasa a confirmar.
Museos, historia y control del relato nacional
Uno de los elementos más preocupantes que señala Higgins es la autocensura creciente dentro de las instituciones culturales. Palabras, exposiciones y enfoques son modificados preventivamente para evitar conflictos con la administración, generando un clima en el que la presión política no necesita expresarse de forma directa para ser efectiva.
El artículo también conecta esta ofensiva cultural con otras políticas del segundo mandato de Trump, como las presiones sobre universidades, la amenaza de retirar exenciones fiscales a instituciones privadas y el uso del financiamiento federal como mecanismo de disciplinamiento.
En este contexto, la cultura deja de ser un ámbito protegido por el pluralismo democrático y pasa a integrarse a una estrategia más amplia de control del relato nacional.
Autocensura y presión política en la cultura estadounidense
A través de testimonios de directores de museos, curadores y exfuncionarios del Smithsonian, Higgins advierte que lo que está en juego no es solo el contenido de determinadas exposiciones, sino la definición misma de lo que significa ser estadounidense.
La batalla cultural no se libra únicamente en los discursos presidenciales, sino en las vitrinas, las etiquetas de sala, los silencios impuestos y las historias que dejan de contarse.
The Guardian presenta el ataque al Smithsonian como un símbolo de una transformación más profunda: el paso de una cultura entendida como espacio de debate y memoria crítica, a una cultura subordinada al poder político, diseñada para reforzar una identidad nacional cerrada y sin fisuras.
En palabras recogidas por el artículo, el objetivo final no es reformar museos específicos, sino “replantear toda la cultura de Estados Unidos desde sus cimientos”.












Añadir nuevo comentario