El Club Antiglobalista: Bad Bunny es la nueva 82 División Aerotransportada

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El Club Antiglobalista: Bad Bunny es la nueva 82 División Aerotransportada
Fecha de publicación: 
23 Octubre 2020
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El reguetonero puertorriqueño Bad Bunny estuvo entre los más premiados en los recién concluídos Billboard latinos

Luego de finalizada la Primera Guerra Mundial, el Barón de Tavistok donó los terrenos de una residencia para que el gobierno británico estableciera las oficinas de uno de los servicios más eficaces para el dominio sobre los pueblos. La contienda bélica había puesto al ser humano al límite, llevándolo a la locura, el despropósito, la destrucción. Los sicólogos conductistas buscaron entonces, por orden de las autoridades, dónde estaba el punto de quiebre de esos hombres que se diluyeron en el frente. A partir de conocer en qué minuto la conciencia se elimina y se puede tratar al otro como un vegetal, surgieron un grupo de técnicas de lavado de cerebro y de dominación, que hoy aplica el Instituto Tavistok de la Conducta Humana, con sede en Essex, Inglaterra y que cuenta con centros adyacentes en los Estados Unidos, como el de Stanford.

¿En qué consiste la psicología conductista?, en trabajar mediante estímulos, ya sean negativos o positivos, gratificantes o desagradables y a través de ellos modificar el comportamiento humano. Básicamente como se hace con el experimento de los perros de Pavlov. ¿Qué hace que al pincharnos retiremos la mano casi de forma automática?, el dolor, pero ¿se trata solo de una sensación física?, ¿qué si hay un fuerte y definitivo componente cultural que pudiera ser modificado? A partir de tales presupuestos se trabaja hoy día, a través de una red que conecta a psicólogos con comunicadores, productores de las grandes compañías con empresarios y a estos con intereses globales. Lejos de lo que nos han hecho creer, el mundo no está compuesto por muchas soberanías, ni por diversos relatos, sino que esa posmodernidad, también una creación de Tavistok, esconde un poder supra que maneja los hilos de lo que percibimos como correcto. Basados en que todo acto civilizatorio es también uno de barbarie, los conductistas apuestan a un cambio civilizatorio hacia formas mansas de la conciencia colectiva.

Bad Bunny y la neolengua orwelliana

Muchos se sorprendieron con el nombramiento del reguetonero más burdo, de peores letras y música más impasable, como compositor del año. Otros, conscientes de cómo funciona la industria, no se sorprenden. En realidad, los valores que se quieren trasmitir son los que importan, no la obra concreta del artista, siempre fue así, el creador es un vehículo orgánico para la ideología. Sucedió durante toda la guerra fría cultural del siglo XX con los numerosos congresos, eventos, intelectuales, pagados de uno y otro bando. Pasa ahora con Bad Bunny, el conejo malo que canta lo que el sistema pide, embobeciendo a una masa de seguidores que, sin saberlo, están siendo guiados hacia el abismo que minuciosamente antes cavaron las élites.

El malestar que reflejó Freud y que reside en la cultura, se basa en el poder represivo de esos valores supra que, siempre, tienen un componente clasista. El yo externo, totalmente en manos de quienes gobiernan, aplasta con su peso al interno, generando una fricción que pudiera derivar en patologías y conductas anormales. En ese sentido, el conocimiento de esos puntos de quiebre, permite manejar la conciencia a discreción, induciéndole valores que esta tomará como propios y normalizados. Por ejemplo, Bad Bunny ha impuesto una manera de deformar el español en sus letras, de simplificarlo, muy conveniente al poder, ya que el lenguaje es a fin de cuentas la cultura. Rebajando la capacidad de vocabulario de la gente, tal y como pasaba en la novela 1984 de George Orwell con la neolengua, se llegará a un nopensar, una falta de cuestionamiento como la que aparece en la obra literaria. La fantasía de los totalitarios.

A veces la industria cultural, si bien nociva, puede servirnos para tomar las coordenadas por dónde vienen los golpes suaves del poder y por ende prepararnos al contraataque. Lo que no hacen ni el talento, ni el trabajo, se logra mediante la maquinaria propagandística del sistema, que realza y da lustre a lo peor, presentándolo como modélico, excepcional, único. Se construye de tal forma la conciencia, al margen de procesos cognitivos autónomos, autosuficientes, libres.

Lo que el Instituto Tavistok lleva haciendo en todo el mundo desde su creación es proveer a los servicios de inteligencia de las dos grandes potencias globalistas, Estados Unidos e Inglaterra, de los ingredientes y técnicas necesarios para hacer imposible una verdadera rebelión  de los pueblos. Se trabaja no solo con la cultura, sino con lo que se consume, con el efecto de las drogas, de ciertos alimentos y bebidas, con las actividades laborales y su impacto en la sique. Se trabaja con lo que se obtiene como salario y cómo ello deberá conducir a mayor esclavitud y no al empoderamiento. Todo, absolutamente, en cada película que vemos, ha sido planificado y medido para que genere una manera de conciencia en nuestro cerebro. Los procesos cognitivos son tan potentes sobre lo que nos define y el cómo actuamos, que, en base a las líneas de control social de Tavistok, se definen, año por año, las estrategias de campaña de la mayoría de los aspirantes a la presidencia o cargo ejecutivo, así como los designios de un gobierno mundial cada vez más evidente a través de la concentración ilimitada de riquezas.

Mercedes Benz que estás en los cielos

Uno de los filmes de terror más escalofriantes del cine comienza con un auto que se abalanza sobre la pantalla, con el logotipo de la empresa alemana. Sin que la cinta tenga relación con las fábricas de motores, el poder de la potente imagen en nuestra retina se queda para después, unido a la sensación que nos trasmite el material, en este caso, un espectáculo cinematográfico. Así nos venden la mayoría de las cosas, es la zanahoria que acompaña al garrote, el mensaje de que, para ser aceptados, necesitamos esto o lo otro. El sistema pregona, a la par que el consumo, la necesidad del mismo unido a instintos de supervivencia, como el interés por la pertenencia grupal. Se sabe que, mecanismos así de evidentes se usan en la industria del futbol por ejemplo. No solo queremos comprar una camiseta del Club Barcelona, sino que estamos adquiriendo la que lleva el número de Messi y, de alguna forma, compramos todo lo que el as del deporte significa: éxito, riqueza, fuerza, liderazgo, fama.

La cultura, que en siglos anteriores era elitista, ahora en su masificación se ha transformado en pura psicología conductual, en acción y reacción. Será muy difícil sacar a las masas de ese círculo vicioso.

Uno de los famosos acuerdos de las reuniones de Santa Fe de los globalistas y líderes del financismo neoliberal, citaba a Antonio Gramsci, haciendo ver cómo la cultura era un arma también para la sumisión, mucho más poderosa que cualquier arsenal nuclear. De hecho, la mayor operación de inteligencia en la guerra fría no estuvo en torno al número de ojivas nucleares, sino al manejo de las conciencias acerca de la noción, el prestigio y la ascendencia del sistema capitalista. Cuando cayó el Muro de Berlín, era sorprendente la gran cantidad de mitos que los alemanes del este creían sobre la vida en el oeste, todas estas ideas fueron fomentadas a través de un minucioso trabajo de hegemonía cultural que, durante de la reunificación de Alemania, les hizo creer a los socialistas que la verdadera identidad nacional era la República Federal y no la Democrática. Algo parecido, pero a escala planetaria nos proponen los ideólogos de Tavistok: no solo te vamos a dominar, sino que pensarás que te conviene y beneficia.

Hacia el fin de la cultura

La industria cultural se está apropiando del discurso colectivo, lo domina, lo transforma, lo procesa en las fábricas del Tavistok hasta volverlo parte del sistema. Pasó con el rock en décadas anteriores y ahora con el reguetón. Vivir bajo el bombardeo de la propaganda publicitaria es hacerlo en una de esas trincheras de la Primera Guerra Mundial, donde se trabajó alrededor del punto de quiebre de nuestra conciencia.

Quizás Bad Bunny y su neolengua, basada en sonidos guturales, parloteo incomprensible, sean el futuro hacia el que nos llevan, introduciendo subrepticiamente la idea del éxito a través de una persona que muestra poco o ningún interés de superación. En la era de la desidia, del chantaje y el hegemonismo cultural incontestable, las trincheras no nos sirven para ocultarnos de esta contienda bélica, que se libra por la conquista de las mentes. Hoy no se trata de legiones, ni de la 82 División Aerotransportada, sino de batallones invisibles de ideas que se infiltran hasta ahogar la capacidad crítica del ser humano.

En uno de los más impresionantes pasajes de la novela 1984, el protagonista conversa con uno de los creadores y estudiosos de la neolengua (idioma del futuro), quien asegura que el gran logro será eliminar por completo todo vocabulario, salvo contadas palabras, para así, al fin, no dejarle espacio a lo que en la obra se conoce como “crimen mental”. Lo que Orwell refleja a través de ese breve episodio es la ambición global de las élites, apagar la chispa humana de la razón, evitando así que nos rebelemos. Con la abolición de la cultura, que es de lo que se trata, se hará innecesaria la política, ya que dejaremos de ser humanos con una conciencia resistente, para pasar al plano meramente robótico.

El crimen mental orwelliano será por ende existir por fuera de las líneas de dominación global, algo que ya se hace difícil, cuando no imposible. Poco a poco, el lenguaje va desapareciendo y caminamos a ritmo de reguetón hacia los abismos de los centros controladores y de los laboratorios más bien provistos del poder.

 

 

 

 

Comentarios

Que denso por Dios!!!, la solución está en nuestras manos, al que no le guste que no lo escuche, yo no lo escucho
mayte@onei.gob.cu
O no entendió o su comentario es tan profundo como las canciones de Bad Bunny. No se trata de escuchar o no lo que no nos gusta. Lea, que no se trata del "músico".
alexander@ipk.sld.cu
Estoy de acuerdo Mas y agrego que el Premio Billboard es de ellos con su formato, con sus ideas, con sus retóricas, con sus aciertos y sus desaciertos. Si nosotros quisiéramos o mejor usted autor quisiera uno donde se patentizaran sus valores o su ideas pues utilice este, el medio donde trabaja para fomentar la idea. Particularmente ese tipo de música ni la escucho, ni tampoco la sigo e incluso y ahí concuerdo con usted no me agrada su letra.
ppcarlitos@gmail.com
Si lo escuchas. Siempre hay quien pone esa música. Indirectamente está a tu lado dando un mensaje.
coutoelvys@gmail.com
muy muy interesante este escrito.

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