Bastones y alas de mariposa a la cubana

Bastones y alas de mariposa a la cubana
Fecha de publicación: 
1 Octubre 2018
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“El aleteo de las alas de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo”, reza un afamado proverbio chino. No hay casualidad en su vínculo con las conclusiones del matemático y meteorólogo Edward Lorenz en su Teoría del caos y el llamado Efecto mariposa.

Sucede que toda acción por mínima que sea, desencadena una serie de reacciones —favorables o no— incontrolables, esa es, a muy grosso modo, la tesis de Lorenz.

No pude dejar de remitirme a ella al constatar las consecuencias del cierre de los quioscos que, punteando la capital y también otras provincias del país, acercaban a los vecinos la compra de artículos de primera necesidad.

De seguro, razones sustanciales sustentan tal cierre, pero sus consecuencias negativas pudieran ser tanto o más importantes que las causas para tal desmantelamiento.

Si esos pequeños puntos de venta se desmontaron buscando ahorros —la importación y traslado de mercancías para abastecerlos, el pago de salarios, la realización de necesarios controles...— o eliminar fealdades —algunos atentaban francamente contra la imagen de la ciudad—, ahora pudieran ser más los gastos y las cosas feas derivadas de dicha decisión.

Porque ¿cuántas personas de la tercera edad caminan, a resultas de tales cierres, muchas cuadras, a veces hasta kilómetros, para llevar al hogar lo que antes les implicaba solo cruzar la calle o desplazarse hasta la esquina?

Pareciera una tontería, pero si de verdad se interioriza que el 20,1 por ciento de la población cubana supera los 60 años, entonces estamos hablando de perjuicios a una cantidad de pobladores nada despreciable y que seguirá en aumento. Para 2030 la tercera aparte de los cubanos serán adultos mayores.

Y aun cuando no fuera una cantidad considerable de pobladores, de todas formas igual merecería este razonamiento, porque nuestras madres y abuelas, también los padres y abuelos, pueden ser los seriamente perjudicados.

Son ellos quienes corren el riesgo de accidentarse en esos largos recorridos, lo mismo cruzando las calles —cuyos semáforos mayoritariamente no consideran el lento andar de los ancianos—, que transitando por aceras llenas de huecos, desniveles, salideros o desperdicios.

Para sus corazones, piernas y espaldas cansadas no es lo mismo caminar un par de cuadras que un par de kilómetros, muchas veces apoyándose en bastones, burritos, y hasta en sombrillas.

Y si esos daños son ya una razón de muchísimo peso al evaluar el impacto del cierre de los dichosos quioscos, al meterle lápiz y papel al asunto, este empeora.

Ocurre que el dinero que se intentó ahorrar, ahora deberá invertirse, en mayor cuantía y con el dolor humano que le acompaña, en la atención médica a los abuelos que se accidentan o perjudican con las largas caminatas y calores mediante.

Inclúyase en este cálculo los familiares que deberán dejar el trabajo para cuidarlos, el transporte para trasladar a los abuelos así como los medicamentos y tratamientos varios, y los resultados pudieran ser de asombro.

Cuando comenzó el cierre de los quioscos escribí sobre sus posibles consecuencias, ahora vuelvo al tema constatando los penosos resultados. Y es que acabo de ver resbalar a una señora que regresaba de una tienda con su paquete de detergente como trofeo.

La sostuve antes que llegara al suelo, la senté en un murito, le di agua que traía en mi cartera, y escuché sus quejas sintiendo más dolor que ella susto por la posible caída.

“Antes yo nada más tenía que bajar la loma para ir al quiosco de frente al policlínico; ahora por poco termino en el policlínico.” Así remató la conversación, mientras empezaba a asomarle una sonrisa inocente en el rostro arrugado.

Había tenido que caminar casi hasta 23 porque allí era donde único había detergente, su hijo estaba en el trabajo y la nieta en la escuela.

El 1ro. de agosto último se leía en el periódico Granma bajo el titular “Empoderar, desde la comunidad, a nuestros mayores” que en el municipio Plaza existe un Programa Integral de Envejecimiento Saludable el cual entre otros puntos se propone “Crear un entorno amigable con las personas mayores, que les permita vivir un envejecimiento saludable y activo, a partir del trabajo intersectorial”.

La anécdota que antecede esta cita sucedió precisamente en Plaza. Pero según el Programa mencionado, ese pretende ser “un municipio amigable” con “entornos sin barreras, promoción y capacitación, participación e inclusión, espacios públicos y servicios para personas mayores”.

Sin duda, esos empeños son muy loables al igual que el discurso, los pronunciamientos y documentos oficiales sobre el tema, incluyendo el proyecto de Constitución en su capítulo III. En este último queda refrendado en el artículo 73 que “El Estado, la sociedad y las familias tienen la obligación de proteger y asistir a los adultos mayores en lo que a cada uno corresponde y de promover su integración social”.

Nada menos podía esperarse de una república “con todos y para el bien de todos” que ya por eso merece el aplauso, el apoyo colectivo. Pero en la práctica, en el día a día de las decisiones grandes y pequeñas, a veces esos enunciados parecen olvidarse, y particularmente que los cubanos somos una población realmente envejecida.

En consecuencia, desaparecen los quioscos, se ven más ancianos con bastones desandando la ciudad intentado comprar artículos necesarios para el sustento o aseo, y aquel aletear de mariposa desencadena estas tormentas tropicales, imperceptibles para el radar de Casablanca, pero que le complican la vida a no pocas familias cubanas.

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