OPINIÓN: Venezuela no está sola
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Cuando la supuesta grandeza de una nación estriba en su fuerza bruta, en su capacidad para doblegar a otras naciones y hacer que le sirvan de pedestal; cuando, en pleno siglo XXI, se enarbola el darwinismo social como base de las relaciones internacionales, y 83 personas ejecutadas extrajudicialmente en el mar Caribe son una advertencia “válida”; cuando la limpieza étnica de un territorio con la intención de repoblarlo se justifica o se ignora, la Humanidad se deshumaniza, retrocede a estadios primarios de su evolución. Y si al frente de uno de esos ejércitos primitivos —que no combaten cuerpo a cuerpo, ni emplean lanzas o hachas, sino drones y misiles “inteligentes”, y se reservan, por su desarrollo tecnológico y sus riquezas esquilmadas a otros pueblos, el derecho de poseer armas de destrucción masiva— está un reyezuelo soberbio y prepotente, que se concibe invencible, la civilización humana se coloca al borde de un cataclismo.
Pero existen naciones cuyo sello distintivo no es la conquista de territorios, sino la capacidad para defender el suyo y contribuir a la emancipación de otros; naciones aparentemente más débiles que liberaron del colonialismo español a todo el sur del continente americano en el siglo XIX, o contribuyeron decisivamente a la independencia de África en el XX, cuyo concepto de fuerza no se asocia al número o a la capacidad letal de su armamento, sino a la fuerza moral de su pueblo. Hay nombres que las simbolizan: Bolívar, Martí, Sandino, Fidel, Ho Chi Minh, Chávez. Los ejércitos primitivos y los reyezuelos desconocen ese otro tipo de fuerza, no la ven, no la entienden y esa ceguera cognitiva los empuja a cometer una y otra vez el mismo error.
El reyezuelo se mira cada mañana en el espejo de su vanidad. Ha reunido una fuerza naval inusitada frente a las costas de Venezuela, de la Patria de Bolívar, de Nuestra América. ¿Podré, no podré? Los que no combatirán le susurran al oído: puedes… Y siempre hay cipayos que piden la intervención armada en su tierra natal. Él tuerce los labios, eleva como Mussolini el mentón, hace como si viera el futuro. Pero no puede ver, solo se ve a sí mismo. Tratará de obtener alguna prebenda a cambio, si no ataca. ¡Denunciamos, exigimos la retirada inmediata de ese ejército primitivo que celebra la muerte, y pretende doblegar a otro pueblo para arrebatarle sus riquezas! Los venezolanos conocen su historia, no temen, la amenaza belicista los ha unido más. Pero Venezuela no está sola. Con ella están todos los pueblos de la Patria Grande, aunque algunos gobernantes cobardes y tontos crean que al aliarse al invasor, aseguran su pequeño interés mezquino. No saben que el único interés que cuenta en un acto de fuerza, es el de aquel que la ejerce. Son los dos polos de la historia: la vida o la muerte, la dignidad o la sumisión, la solidaridad o la traición. Dicho en términos actuales: el socialismo o la barbarie. José Martí advertía a los latinoamericanos en 1891, cuando el imperialismo que había visto nacer asomaba su rostro peludo: “¡los árboles se han de poner en fila para que no pase el gigante de las siete leguas! Es la hora del recuento, y de la marcha unida, y hemos de andar en cuadro apretado, como la plata en las raíces de los Andes.”
No hay conquistas ni episodios de expoliación de los que algún ser humano pueda sentir orgullo. En el siglo XXI, el honor lo otorga la vocación solidaria. Los que la dan sin esperar nada, la reciben. Cuba y Venezuela, hermanas en la paz y si fuese necesario, en la guerra, la prodigan. No estamos solos.












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