Geopolítica: La teoría del loco y la esencia indefinida de los monstruos

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Geopolítica: La teoría del loco y la esencia indefinida de los monstruos
Fecha de publicación: 
22 Julio 2025
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Trump acaba de enviarle un ultimátum a Rusia, se trata de un intento por llevar adelante desde la fuerza la ansiada agenda de Occidente: que Moscú se deje colar el gol de la OTAN delante de sus fronteras. En las jugadas que hasta el momento se han visto con respecto a este tema hay de todo, pero más que nada se ha evidenciado que no hay diferencias entre los globalistas y el inquilino actual de la Casa Blanca. Trump lleva adelante un plan que se basa en el dominio efectivo de Occidente a través de la fuerza o la persuasión. Ello incluye hacerle la contra a los proyectos que se oponen al globalismo. De ahí que líderes netamente propios de la agenda, como Boris Johnson apoyan la aplicación de medidas de coerción contra Rusia, aunque eso suponga que caiga aún más el orden internacional y se coloque en peligro la paz. Tal juicio a los lideres occidentales globalistas no les interesa y al parecer juegan a la irracionalidad. 

El portal digital de la BBC publicaba acerca de la “teoría del loco” que estaría implementando Trump y cómo eso tendría un impacto en las tendencias que benefician los intereses de los Estados Unidos. Lo que ellos llaman “teoría” no es otra cosa que el desmadre que se ha visto tanto en lo doméstico como en lo internacional desde que el gobierno está regido por el líder republicano. Este señor, que no posee formación política, es capaz de preguntarle al presidente de Liberia que dónde aprendió el idioma inglés tan bien, cuando precisamente se trata de un país angloparlante fundado por los antiguos esclavos norteamericanos con la anuencia del gobierno estadounidense del siglo XIX. 

Es tanto el desconocimiento, es tan mayúscula la arrogancia, que las consecuencias no pueden ser otras que negativas para los propios intereses yanquis. El cero uso del poder inteligente ha llevado a que las agendas particulares y generales de los Estados Unidos como imperio exterior decaigan y que la situación en la república no sea nada buena. Lo que se avizora en el futuro, si no cambian las tornas, es un desmonte del Estado liberal norteamericano y de sus fueros, ya que a Trump parece que le fascinan las dictaduras, los mandatos omnímodos y la chapuza política. Esta “era postliberal” está llevando adelante una demolición de la igualdad ante la ley, a la par que sostiene los mecanismos de mercado que han perpetuado la desigualdad sustantiva del modelo. En otras palabras, convierte la ventaja de la burguesía en un hecho moral, que se justifica en sí mismo, sin necesidad de que haya que dar un sesgo legítimo. Y así, si nos fijamos bien, fueron incluso las ideas que se enarbolaron desde la campaña electoral como parte del maguismo. 

Al parecer el postliberalismo sostiene la explotación, pero no la garantía al menos formal de que el explotado pueda demandar, exigir, protestar. Cierto es que no se ha llegado aún a ese punto, pero todo indica que, en pocos años, si no se revierte la lógica del trumpismo, no será nada fácil disentir en el seno de la sociedad norteamericana. Los sesgos de confirmación que atraviesan el consumo de información no solo son dañinos, sino que están manejados desde atrás por el poder corporativo que se organiza a partir de intereses. Este postliberalismo es un neoliberalismo más rudo, creado a partir del manejo de las agendas culturales que conforman el entramado cognitivo del sistema. En otras palabras, se procede al dominio y el control social de los grupos segmentados a partir de la ignorancia, el rejuego electoral y el chantaje desde el poder. Eso hace que las propuestas que estamos viendo dentro del maguismo sean muchas veces incoherentes, pero siempre defendidas con mentalidad feligresa por los fanáticos. 

Si Trump agrede a los latinos, para la masa de maguistas eso es una genialidad, si mañana los elogia, sigue siendo una genialidad y habrá argumentos y falacias para ambos extremos del espectro de opinión. La consistencia no importa, la razón cae y a nadie le interesa, sino que el poder se justifica a sí mismo. Cuando en alguna ocasión los maguistas fueron confrontados acerca de la predilección de Trump por regímenes autoritarios de comprobada data, estos seguidores del líder cuasimesiánico han seguido la tendencia más absurda y carente de moral posible: el hecho de que con esas naciones tienen negocios y que en el axioma de América primero el dinero es lo fundamental. Para unas cosas funciona la agenda de la libertad, para otras no. Todo depende de dónde esté la alcancía llena de dinero. 

¿Que es irracional? Sí, pero así funciona lo que quieren acuñar como la teoría del loco. O sea, la imposición de medidas caóticas que parecieran querer generar un caos global, del cual solo el más fuerte saca ganancia. Los mercados dependen en gran medida de la estabilidad, pero cuando hay inestabilidad de todas maneras el sistema no pierde, sino que le carga los desfalcos a los menos beneficiados. En efecto, si algo tiene el gobierno de Trump es poca empatía por quienes no conforman la clase dominante y en ello hay componentes de todo tipo, incluso una visión racista y fascistoide de la historia. Lo que parecía inmoral e improbable en un Occidente donde al menos se hablaba de los derechos liberales con hipocresía se ha transformado en una realidad. Las instituciones no son ya quienes marcan la pauta, sino los intereses puros de clase que están representados por una persona que aspira a pactar, aunque sea con el diablo si en eso existe un beneficio directo de poder y de ego. 

La teoría del loco no es otra cosa que el interés manifiesto de la agenda globalista de lograr sus objetivos, ya sea por la fuerza o por la persuasión y para ello se hace servir de la alternancia entre republicanos y demócratas con posturas solo divergentes en apariencia. La esencia, el núcleo, son los mismos y tienden a salvaguardar la decadencia de los Estados Unidos en un periodo en el cual pareciera que esa caída es inevitable. La irracionalidad de Occidente sale de la irracionalidad de querer que ellos sigan gobernando un mundo donde poseen menos poder económico. 

Cuando termine el mandato de Trump, Estados Unidos ya no será el mismo. El sistema legal y político altamente polarizado habrá sufrido todo un proceso de desmonte de su componente racional y solo quedará la lógica de clase de la burguesía. El nivel de manipulación de los desclasados habrá alcanzado su cumbre a partir del manejo de las agendas culturales y será muy difícil plantear alternativas, ya que todas estarán dentro de la lógica postliberal. ¿Es el final del Estado de Derecho?

Lo postliberal incluye además la expansión de un modelo de gobierno a partir del sistema de alianzas de los globalistas occidentales, por lo que ello supone la copia por parte de Europa tarde o temprano de estas mismas prácticas políticas. Ya se está viendo con fenómenos como la propaganda antinmigrante de varios partidos y agrupaciones de extrema derecha, lo cual constituye una tendencia que valida la experiencia de Trump. La demolición está en marcha y luego de que ocurra no quedará mucho en pie, a lo sumo un poco de lo que fuera el Occidente del liberalismo en forma de caricatura. Por ello el maguismo se hace llamar movimiento y no solo se asume como una tendencia dentro de un partido. Es toda una transformación de la sociedad, la economía, la cultura y la política desde una óptica de la extrema derecha y de los intereses empresariales corporativos. El sueño húmedo de los globalistas, que vieron hundirse el barco del falso progresismo y de la ideología woke. Lo facha y lo woke son dos etiquetas que funcionan en manos de un mismo amo. 

El fin de Trump no será el fin del trumpismo, desgraciadamente, sino el inicio de algo que está por mostrar su verdadero rostro. Como en la famosa metáfora, cuando se transiciona entre una era y otra prevalecen los claroscuros y los monstruos con su esencia indefinida. 

 

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