
Edwin Valero encadenó una cadena de nocaos jamás elaborada antes o después en la historia de la disciplina de las narices achatadas y las orejas de coliflor: invencible, todas sus victorias -25- finalizaron así. Nadie tampoco consiguió el récord de 18 KO seguidos en el primer capítulo. Furia hecha persona gustaba, y blasonaba de ello, de contender a puro puño sin arabescos ni tanto baile: hacia adelante sin dar ni pedir cuartel.
El poder de su pegada, la agresividad ilimitada y el coraje acerado, en alianza para convertirse en arma principal, le permitieron convertirse en el soberano mundial de la categoría superpluma, versión de la Asociación Mundial de Boxeo, y la ligera, perteneciente al Consejo Mundial de Boxeo. Sus retadores fracasaron siempre por la vía rápida. El presente le mostraba unos labios perfectos. El pasado, a mordiscos: con una dentadura mellada lo atacó.
Intentó ser bueno y no pudo poner fuera de combate a la maldad que le desgarraba el alma. Nacido el 3 de diciembre de 1982 en un barrio marginal de Bolero Alto, Mérida. Hogar donde la violencia familiar hacía zafra. Padre abusador. La madre, la recua de hermanos, él mismo, fustigados cotidianamente con la crueldad de aquel patriarca maldito. La miseria. Abandonar la escuela muy temprano. Inventar para llevarse un bocado a la boca. Criarse en la calle-selva. Ínfimo apoyo de la casa. Broncas callejeras a pululo. Supo de la fortaleza de sus trompadas. Hacia el boxeo pues.
De un amateurismo triunfal a sacar ganancias al punch. Al subir a esas esquinas martirizantes, más bestia que hombre. El odio al mundo lo abrazaba y le abrasaba. Sus puñetazos eran llamas que consumían a los rivales y a él también. Mejoró económicamente. Los fantasmas desde sus recuerdos, a la ofensiva. Promotores, la prensa, los fanáticos no lo ayudaron a salir del abismo. Los negociantes del sector del músculo lo veían cual mercancía valiosa. Comerciantes al fin, pensaban extraerle todos los dólares posibles. Allá él con sus culpas, sus tristezas, opinaban.
Febrero de 2001. Sobre una moto. Ahí va un huracán. Choca. Cráneo fracturado. Debía dejar el deporte. Ni pensarlo. Es su abrigo. Y el de su rabia. En algunos países no le permiten actuar por prescripción médica. La plata calló conciencia y la ciencia incluso. Siguió entre las sogas. Cada vez más famoso. Cada vez más vencedor. Y estaba perdido.
Trató de eliminar a los espectros con las bebidas alcohólicas y la cocaína. Escándalos. Cayó en la violencia doméstica que tanto lo dañaron desde pequeño. No se salvó la familia. Agredió a su mujer. Dos costillas rotas, magulladuras en el rostro. Cuando despertaba de la enajenación provocada por la terrible dependencia, lo enlazaba el llanto, pedía perdón, no recordaba nada.
Abril 17 de 2010. Un huésped desciende de la habitación de hotel Intercontinental, ubicado en Valencia, estado de Carabobo. Le dice al carpetero que llame a la policía. La he matado… No recuerda cómo. Edwin Valero se había drogado y asesinado a su esposa a golpes y a cuchilladas. Es conducido a la cárcel. El día 19 se ahorca en la celda con su ropa. Tenía 28 años y lo esperaban importantes peleas.