Redes que enredan

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Redes que enredan
Fecha de publicación: 
24 Mayo 2020
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La final prevalencia de lo real: el amor sin redes. En la foto una pareja de médicos cubanos.

Si me hubieran hablado de las industrias que se colocarían en el esplendor virtual, hubiera discutido y defendido hasta el agotamiento las obvias y grandes bondades que nos dispensa esta tecnología. Porque las tiene, a pesar de todo. 

Quienes han habitado en las redes sociales desde sus inicios, habrán comprobado ya que nunca se convirtió en lo que nos dijeron. Una gran autopista de información, para crear un mundo de diálogo y colaboración, anunciaban líderes mundiales, estatales… y hasta residuales que reaparecían desde su retiro a apoyar la nueva panacea. 

En aquellos años debutantes, internet se podía usar gratis o por un precio módico. Se ensalzaba como una herramienta para el contacto humano. Abría posibilidades para el comercio, la difusión de la cultura, el ambiente era casi como de la promesa cumplida de la hermandad universal. 

Si en aquel momento me hablan de las industrias que se colocarían en el esplendor virtual, tal como están en estos momentos, sin dudas hubiera discutido y defendido hasta el agotamiento las obvias y grandes bondades que nos dispensa esta tecnología. Porque las tiene, a pesar de todo. 

Tiempos dolorosos como estos lo han demostrado. El arte, la literatura, la música, muchas disciplinas que enriquecen al ser humano muestran sus rostros. La educación, el deporte, ya se sabe. ¿Pero cuánto ocupa todo eso del porciento de recepción e influencia de las redes? 

Están tomando más fuerzas las tendencias de los filtros, y no puede ser de otra manera. Lo que la derecha, revuelta en su mundo mediocre del yo-lo-mío, llama ataques a la “libertad de expresión”. Frase convertida en hecho por la repetición. 

El burdo argumento que la apoya sigue siendo, como en los tiempos de la guerra fría, el poder decir en una esquina lo que a uno se le antoje de cualquier figura pública y no ir preso. Bueno, que lo intenten ahora con Trump o con sus hordas. Ahí están las amenazas, los insultos que por alguna razón que solo ellos entienden, posan como argumentos. Y lo peor, las armas.

Los fraudes están a la orden del día. Las teorías conspirativas más absurdas son apoyadas por sectores amplísimos. La tontería permea el mundo vacío y sin tregua de mucha gente que en tiempos “normales” tiene que cubrir comida y techo con al menos dos trabajos. 

Agréguesele la intolerancia, la increíble capacidad de convencimiento y manipulación de miles de descerebrados a través de personajes, pésimos actores donde los hay, y el disfrute del mal gusto y lo negativo. No cabe duda de que muchos seres humanos se deleitan en eso.

Las grandes empresas, el entramado mediático, siempre han sabido cómo explotar para su beneficio, la condición humana. Parece que manejan un manual práctico, o una hoja volante que reparten a los vendedores de cualquier cosa durante un taller de dos horas, donde se explica cómo encender la llamita en los ojos consumidores, consumidos ellos mismos por la ceguera de no ver un poquito más allá. Baste ver las colas en la tienda Zara apenas haberse relajado el confinamiento. 

Pero esas llamitas en la mirada se quedan apagadas en comparación con la oleada de odio de todo tipo que inunda las redes. El dinero no puede ser el único móvil de quienes crean o difunden noticias falsas en tiempos tan devastadores como estos. Algo increíblemente nocivo y pérfido hay en esas psiquis, y algo notablemente estúpido en quienes se las creen, replicando ansiedades e incertidumbres que nos sobran a todos. 

Pero el regreso al equilibrio está en la naturaleza de las cosas. Es como otro virus, muy sintomático, y mucho más real y perdurable que el de la corona. Se incrementó con la aparición de la consciencia en los seres humanos. Es un reajuste, que el tiempo de vida a veces no permite comprobar. Tampoco necesita ser aceptado ni comprendido por nadie. 

Esa balanza bien temperada es ajena a la ignorancia y la injusticia. Funciona a nivel de grandes eventos, como el abuso al cual hemos sometido al planeta; y en pequeños, como el daño que deseamos causar incluso a desconocidos. A muchos los despierta, y cambian. Otros cristalizan en su odio y mueren, aunque no lo saben porque el arroz con pollo no cambia de sabor en sus mesas.

Esa balanza bien temperada es una tendencia que entre todos vamos a acelerar. Cada cual desde su sitio y con sus esfuerzos. Lo que llamábamos normal será barrido por una nueva percepción donde nadie debe sobrar. El patrón a imitar es cercano y ha florecido por todas partes: son los médicos y el personal que los acompaña en esta batalla desde el amanecer. 

Será la final prevalencia de lo real: el amor sin redes.

*Ernesto González (Colón, Matanzas, 1954) ha publicado poemas, cuentos y artículos en el área de Chicago, donde enseñó español en la Universidad East-West y en la academia Cultural Exchange. Fue asesor de la prueba de eficiencia de español de la editorial Riverside Publishing y traductor del periódico Hoy del Chicago Tribune. Sus obras han salido bajo los sellos Cuban Artists Around the World y Booksurge. Están disponibles en amazon.com. Su novela “Bajo las olas – Tras las huellas brumosas de Marguerite Yourcenar” ha sido recientemente publicada por Ediciones Extramuros, La Habana.  

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