El Club Antiglobalista: El insoportable peso del globalismo y la levedad humana

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El Club Antiglobalista: El insoportable peso del globalismo y la levedad humana
Fecha de publicación: 
6 Agosto 2020
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El siglo XXI ha llegado con un nuevo paradigma que devora las viejas nociones: la posmodernidad. Hay quien piensa que se trata de una idea meramente académica o propia de círculos intelectuales y artísticos, pero percibir los fenómenos desde el relativismo de posiciones, desde la llamada deconstrucción de un sujeto histórico, es una maniobra bien pensada de cara a un mundo, en el cual las categorías políticas surgidas de la Revolución Francesa ya no son funcionales al poder que realmente domina el sistema. De ahí que, lo que hoy conocemos como agenda globalista, o sea el plan de las élites para el nuevo milenio, sea una cuestión que se lleva adelante tanto en los partidos conservadores, como en una mal llamada izquierda que ha vendido su alma al diablo. 

La posmodernidad nos propone renunciar al paradigma izquierda-derecha que se mueve en torno al derecho de la propiedad, dicho de otro modo, sobre quién debe beneficiarse del fruto de la producción: ¿quién trabaja o quien posee? En lugar de ese debate, la agenda globalista ha implementado las luchas identitarias, en el seno de la que se conoce como nueva izquierda y que tiene dos objetivos fundamentales: fragmentar al sujeto de cambio de la historia o sea al proletariado en particularismos que no lleven a un traspaso de sistema sobre la base de la crítica a la propiedad, y sustituir el pensamiento marxista duro por uno light que deje intacto al sistema, en tanto se concentra en imponer nociones políticas e ideológicas particularistas, sin un asidero real en la práctica concreta. 

Ya desde las academias “progres” de los años sesentas y setentas, en Europa y en Estados Unidos, la crítica a la Unión Soviética y al socialismo se fundaba en sustituir a Marx por Heidegger como un paradigma para entender al hombre de la posmodernidad, queriendo con esto decir que la hoja de ruta de los pueblos y las revoluciones estaba equivocada. Los profesores occidentales impulsaron un ataque constante a  Moscú. Michel Foucault por ejemplo, fue un abanderado de esa nueva izquierda, que sustituyó en el discurso teórico a Marx por enfoques basados en la identidad cultural, siguiendo la receta de la Escuela de Frankfurt, cuyos miembros prominentes estaban adjuntos al Instituto Tavistok de la Conducta Humana, de los servicios especiales del MI6 británico. 

El cambio de paradigma se venía preparando, desde lo teórico, para irse luego al plano ideológico y de calle. La prueba de fuego primera de la agenda globalista estuvo en la combinación de estrategias praxiológicas e ideas en la caída del socialismo en Europa del Este. Fue ahí además cuando se comenzó a fraguar la instrumentalización del sujeto social en contra del verdadero progresismo, con la creación de causas identitarias (género, raza, religión, ecologismo, LGBTI y otras) para explotarlas en la concreción de planes golpistas y ausentes de un contenido marxista de cambio real.

Black lives Matter, ¿realmente importan?

Los enfoques identitarios son funcionales a la agenda globalista en tanto no atacan problemas reales, sino que tienden a reproducirlos, e incluso a agudizarlos. Esto está dado por la sencilla razón de que, según el dogma posmoderno, para que prevalezca una identidad hay que suprimir a su contraria, en tanto esta última representaría el sujeto, lo hegemónico, aquello que impide una “sana convivencia plural” (en la mente ilusoria de lo que con justeza se conoce como “tonto útil”). Pero el asunto es que la “deconstrucción” del contrario, es muchas veces su muerte absoluta, en tanto se asume todo lo que proviene del otro como “dañino y opresor”. El otro no puede modificar su ontología, ya que no es “solo cultura” como pretende el paradigma posmoderno, sino que es historia, biología, naturaleza e incluso determinismo climático y voluntad individual. Esto genera el caldo de cultivo perfecto del odio identitario, paralizador del enfoque de clases, manipulador de las masas hacia agendas globalistas de élite. 

El movimiento Black Lives Matter (Las Vidas Negras Importan) se ha adueñado de la identidad racial y tiene un enfoque supremacista negro como “fórmula salvadora” de la lucha. Para quienes impulsan esta causa, no hay una multiplicidad científica y holística en el entendimiento del problema, sino un enfoque identitario que pide al resto de la población, no negra, que suprima su derecho a opinar en torno al asunto de la raza. Sin embargo, las tres creadoras del movimiento no se apenan de reconocerse como pagadas por agentes directos de la agenda globalista, como la Open Society, y por defender otros elementos de dicho flagelo promulgado por las élites, como la promoción al por mayor del aborto como una política antinatalista y reductora de la población mundial, (que se reconoce como un derecho a discreción de la mujer, pero al que los países con una política responsable, como Cuba, desaconsejan como un medio anticonceptivo, por el nivel de violencia hacia la mujer en términos físicos y psicológicos). Los datos arrojan que el mal manejo del tema abortista por parte de la agenda globalista, ha provocado que la mayoría de las clínicas de la transnacional de la muerte Planned Parenthood estén precisamente en barrios negros y que, para colmo, cada dos semanas, las defunciones de vidas negras superen con creces el número de negros muertos a manos del Kukuxklán, desde su surgimiento a finales de la guerra civil norteamericana. Algo que realmente importaría, si a las creadoras del Black Lives Matter les importan las vidas negras. 

El odio hacia la raza blanca no va a resolver nada, en tanto no es la raza el conflicto subyacente de un sistema basado en el escamoteo de la propiedad a quien la trabaja. Pero la ausencia de causas tangibles e históricas en la nueva izquierda evidencia los verdaderos objetivos de estas agrupaciones. Ni los sindicatos, ni los partidos comunistas tradicionales tienen un papel protagónico ni una luz en el enfoque de estas luchas identitarias. Más bien pareciera que se relega el tema del trabajo asalariado y se propugnan soluciones tan radicales, como las expuestas por Valerie Solanas en su Manifiesto Scum y que son los paradigmas del feminismo de cuarta ola: los hombres son el problema y suprimiéndolos, se soluciona todo. Black Lives Matter de alguna manera es su equivalente en temas de raza: eliminando a los blancos, o al menos su identitario ser, habrá una igualdad. La falacia cuenta no obstante, con el apoyo de los medios de comunicación, de las figuras de la cultura y de la farándula y todo un sistema, que  por su opulencia económica, difícilmente puede llamarse alternativo o pobre. Como sucedió con el arbitrario y odioso Movimiento Me Too, se impulsa la violación del estado de derecho del otro, en aras de una supuesta justicia social, que no tiene asideros en el enfoque marxista y sí mucho de funcional a un globalismo interesado en imponernos su agenda. 

El tema electoral y la revolución de colores contra Trump

La manipulación del tema izquierdista por parte de la agenda global pasa por el Manual del Golpe Suave de Gene Sharp, un maestro de la destrucción de naciones soberanas que tuvo, en el Guaidó venezolano, un ejemplo clarísimo de cómo funcionan todas las estrategias. El caso es que Trump no representa a los globalistas, sino a un pasado nacional norteamericano del capital industrialista, sobre todo del país profundo, que aspira a la vitalidad de nuevo de la clase media y de los empleos. Un proyecto así, entronca con otros similares como el de Putin y Xin Jing Ping, de ahí las intenciones  iniciales y fallidas de la paz con esas naciones, boicoteadas por los globalistas una y otra vez. Trump es un mal gobierno, ultraderechista, torpe, pero que no sigue los designios del globalismo, como sí es el caso de los demócratas. Si analizamos el programa de Hillary en 2016, veremos el rostro del Nuevo Orden Mundial detrás de cada gesto. Pasa lo mismo con Joe Biden: manipulación del progresismo desde lo identitario, conflictuación de la sociedad  en base a intereses empresariales corporativos y de dominio, exportación de un nuevo orden anti soberano al resto del mundo. 

Black Lives Matter y Antifa son solo el principio. De ahí que la declaración de manzanas enteras como “naciones” dentro de los Estados Unidos, sea el inicio de un panorama en el cual, ya bajo un presidente demócrata globalista, esta agenda se exportará al por mayor al resto del mundo y sobre todo a Hispanoamérica. A Donald Trump le están dando el golpe de Estado y la revolución de colores que nos darán mañana a nosotros, cuando vengan  las redes sociales, los proyectos mal llamados de derechos humanos, los agentes y las expediciones a confundirnos desde una nueva izquierda no marxista. La agenda de los ricos y controladores, con su aspiración supra para el 2030 de lograr una reducción poblacional y las bases de un Estado totalitario en todo el orbe, no está ajena ni aun de los pequeños países. El uso de las identidades, de la izquierda y los movimientos, ha reducido las nociones modernas a la nada y ocultado la verdadera agenda soberana de los pueblos y los trabajadores. La maniobra se piensa desde el anti humanismo y el silenciamiento de los incómodos, como una antesala de la neodictadura que nos quieren imponer, y a la cual muchos aún no ven claramente. 

Una noción de sentido común abarca las mentes del pueblo de los Estados Unidos: Biden es peligroso, en tanto esconde algo que es ajeno a los intereses de las masas. 
El fundador de Antifa, un australiano, reconoció que quien financió a los antifas es nada menos que George Soros y terminó yéndose del movimiento, bajo la razón de que no constituyó una revolución a favor de los amos del mundo. Muy lógico de parte de dicho líder, pero el resto de la masa, mucha gente honesta que está contra el racismo y da la pelea en las calles, vive ajena a los manejos, debido a la hegemonía mediática y la desmovilización de la verdadera izquierda clásica marxista y comunista, a la cual han sacado del juego desde décadas atrás mediante los enfoques identitarios. 

Otro dato ilustrativo es que la organización que, desde el principio, financia tanto a los antifas como a los Black Lives Matter es el Minnesota Freedom Found, que ha asumido el costo material de las protestas. Este mismo fondo financista paga a los Black Freedom Fighters (luchadores por la libertad) y declara en su web que recibe dinero de la Open Society Foundations de George Soros. La líder de Black Freedom Fighters, ha tomado  apoyos como miembro del Fondo Justicia Soros, así aparece en la página de la Open Society. Sin la agitación de antifas y Black Lives Matter difícilmente Trump no tendría ahora mismo su continuidad en peligro. De venir la agenda globalista en noviembre, el mundo estará ante el mayor desafío de la historia, quizás mucho peor que las políticas raciales y hegemónicas del nazismo y el fascismo del siglo pasado. 
 

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